EL SECRETO DE JOE GOULD, DE JOSEPH MITCHELL

martes, 26 de febrero de 2013


Joseph Mitchell(1908-1996), un célebre reportero de The New Yorker, se especializó en perfiles literarios que retrataban desde estrellas de Broadway hasta domadores de circo. Un día conoció a un yanqui llamado Joe Gould oriundo de una ciudad cerca de Boston.
Era miembro de una de las familias más antiguas de Nueva Inglaterra y su padre, un médico de renombre, quería que su presente fuera el futuro de su hijo, pero Joe Gould no quería ser médico ni nada, sólo soñaba con marcharse de su pueblo, de su casa. "Donde siempre me he sentido en casa es Nueva York-decía-con los chalados, los proscritos, los marginados, los náufragos, los eclipsados, los malogrados, las eternas promesas, los desgraciados, los impotentes y los sabe dios qué."
En Nueva York encontró un empleo de recadero en un periódico aunque lo que buscaba era ser crítico de teatro. Sin embargo, una mañana de verano de 1917, hojeando libros en una librería de viejo se tropezó con una frase de Yeats: "La historia de una nación no está en los parlamentos ni en los campos de batalla, sino en lo que la gente se dice en dias de fiesta y de trabajo y en cómo cultivan, se pelean y van en peregrinación". De repente, se le ocurrió la idea de escribir una Historia Oral de nuestro tiempo, un libro que recopilase aleatoriamente "conversaciones brillantes y conversaciones bobas, insultos, réplicas, comentarios groseros, retazos de discusiones, el parloteo de los borrachos y los locos(...), las proposiciones de las prostitutas, las peroratas de los charlatanes,etc..."Decidió que su proyecto era incompatible con trabajar, renunció a su empleo y a cualquier empleo estable que le robara tiempo a su Historia Oral. Y así empezó su vida de vagabundo escritor, sufriendo durante más de cuarenta años lo que el llamaba la Trinidad: intemperie, hambre y resacas, viviendo de "aire, amor propio, colillas, café de vaquero, sandwiches de huevo frito y ketchup." Por otro lado, se consideraba a sí mismo como una autoridad mundial en la lengua de las gaviotas traduciendo al "gavioto" poemas célebres de la literatura norteamericana, convencido de que Longfellow-decía-se dejaba traducir perfectamente al gavioto. Su titánico esfuerzo de escribir su Historia Oral fue de boca en boca hasta llegar a los oídos refinados de Ezra Pound y de Cummings(éstos se apuntaban a todo)quienes lo elogiaron y contribuyeron a la Fundación Joe Gould e incluso publicaron un par de fragmentos en la revista Dial.
Pasaban los años, y la obra iba tomando dimensiones de superbiblia, pero nadie conocía de ella más allá de unos pocos fragmentos que Gould reescribía infinitamente en cuadernos escolares llenos de pringue. Entre ellos estaba un ensayo sobre "la espantosa adicción al tomate" que-según él-era la causa de la mayoría de los accidentes ferroviarios del país. En realidad, aquella magna obra existía más en la leyenda que en la realidad. Joseph Mitchell sospechaba la farsa y fue a por el secreto. ¿Existió o no la Historia Oral?.
Estas dos magníficas crónicas(distanciadas en el tiempo por más de veinte años)tratan de aclararlo. Mitchell va mucho más allá y logra diseñar un perfil literario sin parangón en la literatura, un personaje a la altura de un Don Quijote o un Charlot, la psicoanalización tiernamente despiadada del "último bohemio" obsesionado con escribir una especie de Tristam Shandy o un Ulisses, pero sin poseer el talento de un Sterne o de un Joyce.
El secreto de Joe Gould es una parábola sobre esa manía esquizotípica de los que se pasan la vida simulando escribir una obra maestra para la posteridad sin llegar nunca a cristalizarla, sin ir más allá de los límites que impone su auto-leyenda. Más allá de estos límites, supongo, está la locura o el sol negro de la melancolía.

(2008)

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