LIBROS RAROS

viernes, 22 de febrero de 2013




Paseando por la rive gauche, Quai Voltaire, me acerqué a uno de esos
puestos de bouquinistes junto al Sena.
Eché una rápida ojeada a los libros pues no tenía tiempo ni demasiado
dinero encima. Pero un grueso volumen de tapa dura, color carne, me
llamó la atención. En el lomo, con letras doradas y un tanto difusas por
el paso de los años, pude leer en inglés:
“Correspondencia entre James Joyce y Clarisse Dalloway(1928-1941)”
Era una edición de Hogarth Press, año 1953, con su ex libris y sus
hojas amarillentas. A primera vista, y primer pensamiento, pensé que
se trataba de un ensayo sobre la correspondencia de los estilos litera-
rios de Joyce y Virginia Woolf. Pero comencé a hojearlo y, efectiva-
mente, se trataba de cartas cruzadas entre un personaje real y otro
personaje de ficción. Bah, esto seguro es una boutade literaria de
algún bromista intelectual parisino, un admirador de Georges Perec.
Sin embargo, observé que contenía un breve prólogo de Leonard Woolf
que también se había encargado de compilar toda la correspondencia.
Leí algunas cartas, y aquello tenía el aroma de algo auténtico y revelador.
Entusiasmado ante tal hallazgo bibliográfico, le pregunté al bouquiniste
(un anciano de ojos azules, boina gris, con acento de Quebec) el precio
del libro. Lo examinó como un experto, lo desempolvó un poco y, al
mismo tiempo que ladeaba y reladeaba su boina como un maniático,
disparó: cuarenta euros…Quedé sorprendido, esperaba una cifra en
torno a los cien euros o más. Aún así, sólo tenía veinte euros en la
cartera, así que le dije al librero que me lo apartase unos minutos, que
iría a un cajero automático y volvería pronto, bientôt que possible…
Pero al regresar al puesto, primero me llamó la atención que no era el
mismo librero, aunque estaban los mismos libros: se trataba de un
senegalés con largas trenzas de colorines, gafas oscuras que refleja-
ban mi rostro, y un piercing de plata en el labio inferior. Sentado en un
taburete, parecía más interesado en vender unas postales antiguas
sobre París que los propios libros. Le pregunté por el anciano de boina
gris y por el libro que me había apartado. Le mostré los cuarenta euros.
El cielo plomizo y triste de París se reflejaba también en sus gafas
oscuras. Sonrió simplemente, movió los hombros de pura indiferencia,
caló profundamente de un pitillo que olía a yerba salvaje, y prefirió
atender a unos turistas japoneses que manoseaban postales antiguas
de Nôtre Dame…Decepcionado, pregunté en todos los puestos, a todos
los bouquinistes, pero nadie sabía nada, absolutamente nada sobre
aquel libro ni sobre el anciano de ojos azules, con acento de Quebec.

0 comentarios: