PROUST, LOS HELADOS, EL HOTEL RITZ...

martes, 20 de octubre de 2009

Sin duda, un pasaje memorable en la gran novela de Proust es aquel donde Albertine fantasea sobre los helados en el hotel Ritz:

Mon Dieu, pero en el hotel Ritz temo que no encuentres columnas Vendôme de helados de chocolate y frambuesa, y entonces hacen falta varios para que parezcan columnas votivas o pilares elevados en un paseo a la gloria del Frescor.Hacen también obeliscos de frambuesa que se alzarán de tramo a tramo en el desierto ardiente de mi ser y cuyo granito rosa se fundirá en el fondo de mi garganta apagando su sed mejor que lo hiciera un oasis(...)Esos picos de hielo del Ritz parecen a veces el monte Rosa. Y al pie de mi medio helado amarillento de limón, veo muy bien postillones, viajeros, sillas de posta por las que mi lengua se encarga de hacer rodar unos aludes de nieve que se las tragarán(...)Y también me encargo de destruir con mis labios, columna por columna, esas iglesias venecianas de un pórfido que es fresa...Sí, todos esos monumentos pasarán de su lugar de piedra a mi pecho donde palpita ya su licuado frescor.

Más que una fantasía, es una sublimación de la felatio. Talvez algunas feministas radicales que desconozcan la vida y obra de Proust puedan pensar que se trata de un ejercicio puramente sexista, por mucha estética ruskiniana que lo ilumine. Se sorprenderán si digo que Albertine, en verdad, es una transferencia que hace Proust al convertir a un vulgar camarero suizo del Ritz en una de las heroínas literarias más famosas de todos los tiempos. Proust conoció a Henri Rochat-el camarero helvético-una noche que cenó allí con un apetito voraz e infrecuente: pidió pollo asado con patatas, verdura fresca y una ensalada aliñada con vinagreta de cebollinos. De postre, Proust tomaba los célebres helados de Ritz que le sugería el maître del hotel. Normalmente, un helado de vainilla.

Según Julia Kristeva,a Proust le fascinaba el hotel Ritz sobre todo por su iluminación(pantallas de color rosa y albaricoque en las luces que adornan las mesas y los salones) y sus helados.
"El hotel-escribe Kristeva- proporcionó otro indicio sensorial, éste netamente olfativo, para tejer las metáforas polimorfas de las pasiones proustianas: se trata de la comida y, en particular, del helado como emblema del amor –tan frío pero tan sabroso, majestuoso, impresionante–, del narrador y de Albertine. Albertine golosa, Albertine devoradora que se embriaga con palabras, como el pueblode la Edad Media con el dicere en el ritual de la Iglesia, y más aún con el pregón de los vendedores ambulantes."

Rochat era uno de los tantos mancebos que Proust "contrataba" al maître del Ritz para sus encuentros sexuales en su apartamento del bulevar Haussmann. A Paul Morand le gustaba contar la estrategia favorita de Proust para engatusar a un botones: lo hacía llamar y después empezaba a lavarse las manos. Cuando el niño entraba en la habitación, Proust que estaba medio inclinado sobre el lavabo le decía: "Amigo mío, tengo una propina para tí, pero no puedo dártela porque tengo las manos mojadas, por favor cójela del bolsillo de mi pantalón." En el caso concreto de Henri Rochat, se enamoró perdidamente, lo convirtió en su secretario aunque era demasiado inculto y no estaba cualificado para un trabajo de tal magnitud como era leer en voz alta el manuscrito de En busca del tiempo perdido...Curiosamente el talento de Rochat se enfocaba más bien hacia la pintura, las artes plásticas, como Albertine. Y también le gustaban las mujeres... como Albertine. Sin embargo, al camarero suizo enseguida le atrajo demasiado la vida lujosa, sobre todo las joyas, y Proust empezó a satisfacer sus deseos, gastándose en él más de veinte mil francos. Incluso le financiaba sus noches con prostitutas, y hasta pagó el tratamiento médico cuando Rochat contrajo una enfermedad venérea. Finalmente, luego de casi tres años de convivencia, se hartó de él y lo mandó a Buenos Aires. Su lugar fue ocupado por un apuesto y rubio mayordomo, el sueco Ernest Forssgren.

Según Jean Cocteau, otro indicio de que Albertine es una figura transficcional de Rochat puede ser la escena en que aquélla confiesa al Narrador su intención de "me faire casser le pot", una expresión francesa vulgarísima que se refiere a una relación anal pasiva. Una chica francesa que gusta de las mujeres jamás podría pronunciar semejante frase. Henri Rochat, sí. Cocteau, como muchos otros, piensa que todas las chicas que aparecen en la novela de Proust son en realidad chicos disfrazados. Y aquí resulta inevitable pensar en aquella escena de A la sombra de las muchachas en flor, en el estudio de Elstir, donde el Narrador descubre la acuarela de "Miss Sacripant". Esa imagen representaba a Odette en su juventud disfrazada de chico.
Para Proust, un escritor debe olvidar que tiene sexo y hablar por todos sus personajes, y el taller del pintor Elstir era para el Narrador un laboratorio de la nueva creación del mundo donde se fraguaba un nuevo Adán con naturaleza andrógina como exaltación de la fecunda bisexualidad que engendra seres divinos y humanos.
El sexo en la obra de Proust siempre aparece sublimado, incluso en sus pasajes sadomasoquistas o que rozan lo pornográfico. Como dice Malcolm Bowie en Proust bajo las estrellas: "Para el narrador de Proust, el deleite sexual es una cosa espléndidamente accidental, y el mejor modo de procurárselo muchas veces parece que implica no esforzarse demasiado ni estar en busca de nada más. Por otra parte, uno no necesita tener actividad sexual para tener experiencias sexuales. Pasear por el campo, jugar en los Campos Elíseos, escuchar música o meterse un trozo de deliciosa tarta en la propia boca puede activar los reflejos del placer de la criatura humana de un modo completamente impredecible y producir un éxtasis."
Si los personajes en las novelas de Thomas Hardy padecen de una "erotolepsia" que nada tiene que ver con el gozo sexual, los personajes de Proust en cambio viven en una eterna erotomanía que se manifiesta en todo lo que hablan, lo que comen, lo que sueñan. Toda esa erotomanía, esa jouissance, no deja de ser triste en el fondo, pero al menos conducen al Narrador hacia lo que verdaderamente le interesa: el acto creativo, el tiempo recobrado.



Fuentes consultadas:

"Proust enamorado" de William C. Carter.(ediciones Belacqva,2007)

"Proust bajo las estrellas" de Malcolm Bowie(Alianza Literaria,1998)

"La metamorfosis del Ritz" de Julia Kristeva, en Magazine Littéraire, enero1997, núm 350



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