LAS POSTALES: UN TRIPTICO (DENISE LEVERTOV)

jueves, 14 de febrero de 2013

La Diosa Serpiente Minoica está flanqueada por una naturaleza muerta de Chardin, lúgubre
y tranquila, y por ángeles mahometanos
brillantemente vestidos y con alas multicolores
que en multitud rodean a un caballo color carne con rostro de hombre
en cuya grupa cabalga un ser con turbante blanco sin rostro,
simplemente un disco oval, blanco,  y cuyas manos también son informes, o escondidas
en mangas azules.
¿Acaso otorgan atributos los ángeles
a ese ser inconsciente?
¿Está a punto de ser humano?
                                                                 Uno se inclina, rezando, hacia el suelo del firmamento,

uno trae un cuenco (¿de agua?) otro una bandeja (¿de comida?); dos
señalan el camino, uno observa desde lo alto, dos y dos más
toman la medida, o sea, presentan los límites
que reducen  el camino a un solo sendero;
dos debaten la consecuencia, el último
reza no postrandose sino mirando
al mismo nivel hacia el peregrino.
Las estrellas y las serpenteantes
cinturas de los ángeles rodean
la nube de oro o llama delante la cual cabalga; el mismo firmamento
es de un azul oscuro.
                                      Mientras tanto la naturaleza muerta hace posible, ofrece 
un vaso de agua, una botella de vino hecha de un cristal tan oscuro
que es casi negro pero nunca opaco, tal vez medio llena
de agua; y junto a éstos: dos calabacines
de piel áspera, verde-amarilla, reptiliana
y una pequeña cesta
de ciruelas, casi agrietadas
de madurez, velludas, su piel
del más oscuro púrpura o casi carmesí donde una mano
las toca, alli las coloca. Seguramente
esta mesa, estos frutos, estas vasijas, esta agua
permanece en una fresca habitación, con suelo de baldosas, serena.
¿Y la Diosa?
                     Ella permanece
entre mundos.
                                Ella es marfil,
sus pechos desnudos, sus brazos desnudos
con bracaletes de serpientes de oro. Sus cabezas
se alzan hacia ella en homenaje.
Oro bordea las capas de su falda, un aro de oro
ciñe su cintura. Está unas pocos pulgadas más arriba.
Y ella,  con sus labios fruncidos, cavila.
Debajo de su corona que alguna vez fue tachonada de oro
frunce el ceño, contemplan sus ojos
aqui y más allá, sus serpientes como si
una sacerdotisa, no una diosa, esperase

un augurio.
Sin pensarlo he puesto estas imágenes
sobre mi escritorio. Bajo estos signos
estoy viviendo.

0 comentarios: