STEVENSON BAJO LAS PALMERAS, DE ALBERTO MANGUEL

miércoles, 17 de febrero de 2010



Un atardecer,Robert Louis Stevenson paseaba por la playa, bajo las palmeras, y se topó con un misterioso escosés que se vestía como él o al menos llevaba un sombrero blanco de ala ancha como él. Rápidamente establecen comunicación. El hombre dice ser un misionero, de la Edinburg Missionary Society. Hacía tanto tiempo que había salido de Escocia que ya no la recordaba, ya no la echaba de menos. Todo lo contrario de Stevenson: "La distancia me la hace mucho más presente, incluso más que cuando vivía allí." Aquel hombre misterioso le dijo que no dejaría Samoa hasta que hiciese su trabajo. Cuando regresó a su mansión de Vailimia,Stevenson le comentó a Fanny que había conocido a un escosés, pero no a cualquier escosés. En realidad, se había encontrado con su alter ego.

Al siguiente día, hubo una fiesta en la aldea con todo el jaleo que comporta:el alborozo de los niños, el chillido de los cerdos que son sacrificados, el ruido de los cocoteros al caer derribados por el hacha...Allí, sentado en el portal de su casa, ante tanta claridad y obscenidad de lo "salvaje", Stevenson empieza a extrañar las heladas, las lluvias negras, el triste aspecto de las piedras de Edinburgo. En verdad, todo aquello le resultaba demasiado luminoso, demasiado real: "Recordaba su primer año en Samoa y el patio cubierto de papayas caídas,aquella piel amarillenta y lustrosa volviéndose oscura, la fruta abriéndose con toda su sensualidad, toda su carnosidad interior que huele a saliva." Le pareció tan repugnante como cuando vió, en Perpignan, a una ramera sentada en el banco de un prostíbulo con las piernas abiertas. Sin embargo, en Samoa, la desnudez de las mujeres no le causó la misma arcada. Le gustaba verlas bañarse en el mar, con sus flores de hibisco en las orejas, su piel oscura tan brillante y tan resistente como piedra volcánica. En medio de la fiesta, entre el ruido de los tambores y las guirnaldas de flores exóticas,las chicas cantaban bailaban, movían alegremente sus caderas al ritmo creciente de la música. Stevenson se fijó en una adolescente de extraordinaria belleza, la que más se movía al son de los tambores. Debía tener unos trece o catorce años. Estaba irresistible con sus negros cabellos recogidos por un cordón de tiaras y a la vez derramándose sobre sus hombros, aquellas flores de hibisco en las orejas, aquellos pechos que podía ver bajo una blusa de colorines. Una faldita de paja, decorada con perlas y conchas, revelaban sus muslos...Stevenson la miró a los ojos. Ella le correspondió y sonrió. Stevenson, sorprendido, avergonzado, volvió su cabeza. Cuando quiso mirar otra vez, la muchacha ya había desaparecido...Resulta que la muchacha era hija de uno de los jefes de su tribu y, poco después, apareció muerta, violada y estrangulada, en un paraje donde Stevenson solía pasear y donde se encontró, cerca del cadáver, un sombrero blanco de ala ancha, idéntico al del escritor y también al del misionero escosés. ¿Quién mató a la muchacha? ¿Stevenson o su Alter Ego?

Tootei, el padre de la chica, vió cómo en la fiesta Stevenson la miraba intensamente. Y allí, mirar de esa manera significa poseer, significa...ser poseído por lo demoníaco. El escritor, famoso allí por ser un contador de cuentos(Tusitala), pasó a ser poco menos que el demonio, aunque el demonio en realidad era su Alter Ego,Mister Baker, el misionero enigmático. Por mucho que Stevenson intente demostrar su inocencia, para los lugareños haber escrito sobre el mal, te hace también sospechoso de hacer el mal. Allí realidad y fantasía es lo mismo. "La historia comienza-le dice el propio Tootei a Stevenson-igual que tantas historias que tú me has contado, Tusitala: un hombre llega a una isla, y con él trae las cosas de su hogar-su cama, su mesa, sus libros, su esposa-y construye una nueva casa; pero las cosas que ha traído con él no son buenas para la isla o talvez a la isla no le gustan estas cosas. Así su cama se vuelve húmeda y poco saludable, y en su mesa no se sirven bien los alimentos, y sus libros se niegan a decirle algo, y su esposa se vuelve distante y poco apetecible. Y entonce, el hombre empieza a desear otras cosas que no son suyas sino de la isla.(...)Todas estas cosas están en la isla y también en sus sueños, pero no se atreve a tomarlas al despertarse. Y el hombre enferma, y su deseo se hace tan fuerte que se independiza del propio hombre y, como un cazador, se marcha por la mañana,y sale a cazar, y luego de abatir su presa, vuelve al cuerpo del hombre que nunca se entera de nada."

En el relato, de apenas 99 páginas, ocurren muchas cosas que, como es de suponer, no revelaré. Tanto fabuló Stevenson sobre la palabra "evil"(maldad) que al final le pasó la factura, sobre todo en un sitio donde esa palabra era un tabú pronunciarla o que se manifestase en palabras. No sé si Manguel se basa en hechos verídicos o simplemente esta narración es una fantasía propia de estos tiempos de metanovelas. Lo cierto es que lo ha bordado perfectamente, y que su relato huele a gran literatura.

0 comentarios: